sábado, 12 de noviembre de 2011

TAN ALTA.



Como cada anochecer, como cada díanoche, como cada nochedía. Allí estabas tú, tan chula y tan guapa. Allí apareces, cuando giro cada esquina de la ciudad, cuando levanto la cabeza por encima de cada árbol. Te evito, te doy la espalda y raudo me escondo en el metro del Palacio Real o del Louvre, pero al salir. Tú, maldita, blanca dama, tú me estas esperando allí en la puerta. Tan alta.

Tan alta, y tan cercana, a días, tan lejana a otros. Media, llena, creciente o menguante, tan simple y tan complicada, tan bella y tan extraña. Algunos dicen que llegan a conocerte tanto que hasta te pisaron. Otros ni tan siquiera te miran, porque no te conocen, cuando tu sales ellos duermen y cuando ellos salen tú, bandida te escondes y te iluminas, como si fueras otra y en otra te transformaras.

Pero hoy es distinto, hoy te he visto y me he enfrentado, y te he visto allá tan alta, mirándome a mí, mirándonos a todos, como si ni siquiera quisieras mirarnos, como si no fuera tu obligación, sino tu forma de pasar el rato, tu cruel forma de hacer vernos tan insignificantes. Tú, tan alta.

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