sábado, 19 de noviembre de 2011

CAFÉ.



Huele a ti, y de repente te deseo. Maldito. Te deseo como se desea a un amante que se sabe no se puede tener, y tras pensarlo, sopesarlo y tras decirme, engañándome a mi mismo. No, hoy no caigo, hoy no caigo en tu red, en tus cantos de sirena.

Pero tú, Circe desalmada, hija de Perseis. Tú, me llamas con tu olor y me haces perder el norte y entrar en unos de esos cafés que nacen como hongos tras varios días de lluvia. Da igual que este cerca de la Plaza de la Bastilla, o junto al canal de Saint-Martin, tu me haces pensarte solo con olerte y necesitarte en mi boca, solo con ver como acaricias los labios de otro.

Suerte que vivo donde vivo, y que tengo lo que tengo y tarde o temprano, cierto es que más temprano que tarde, entro en una de esas expendidurias de felicidad, y una chica joven, con sonrisa eterna y pelo azabache, te sirve, y de pronto dejo de ser un adicto para ser un catador.


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