lunes, 28 de noviembre de 2011

SACRÉ COUER.



Cuando llegas por primera vez a una ciudad, y por primera vez sobre vuelas su cielo, y por primera vez pisas sus calles. Hay una sensación primera que no olvidaras nunca. No se irá, y por mucho tiempo que pases sin volver por ese lugar, siempre recordarás esa primera vez, esa primera sensación, esa primera mirada.

Ese día, ese primer momento, esa, mi primera vez en esta ciudad, busque donde buscan todos los que sienten algo cuando oyen música, cuando ven un cuadro o leen un papel escrito en prosa o en verso, busque mi otro yo en Montmartre y te encontré a ti. Basílica blanca sobre fondo azul, a lo alto de una verde colina de árboles y gente sonriendo, ojos claros tras grandes gafas y neuronas funcionales, arrogantes y creativas que viven tras el pelo cortado a lo garçon, o las viejas boinas de tela.

Eche de menos durante un tiempo la vieja silueta del barrio, recortándose en la escena parisina, sus formas sinuosas, bulbosas, que en días de niebla me hacen pensar que estoy en otros países, lugares lejanos, ciudades eslavas o alemanas del este, poblaciones donde se hablan dialectos ininteligibles y donde la historia es presente más que pasada.

Te pienso y te sonrio mientras paseo por tus calles, oyendo las conversaciones en tus cafés, oliendo el óleo recién desentubado esparciéndose por la tela dura y áspera del lienzo. Oyendo como se escapa por una ventana mal cerrada la banda sonora de Amelie Poulain. Viéndome parado y embobado mirando a los cristales, esperando un poco, como escondido tras un puesto de fruta, por si se asoma y me mira, te mira desde allí, la Amelie de mi, de tu vida.

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