jueves, 24 de noviembre de 2011

GÁRGOLAS.



Sumidas en la más espesa iluminación, así pasan el día y la noche, porque desde las alturas, la noche nunca es oscura y mucho menos lo es la noche parisina. Amigas intimas del jorobado creado por Victor Hugo, vigías infatigables de la plaza y de la Isla de la Ciudad. Almas de piedra decimonónicas, pues eso son. No son medievales como muchos creen, son creación de Viollec le Duc, francés y supuesto visionario de mirada perdida y turbia mentalidad.

Lo ven todo y todo lo oyen, pero todo lo callan. Todo lo entienden porque todo lo saben, son muchos años allí, en lo alto. Mientras reposan del paso fatigante de los siglos y del azote raudo del agua y del sol. Y esquivan las picaras, a veces y a veces creídas miradas del turista y del foráneo, que se sube allí, para poder entender su ciudad, con un simple golpe de vista.

Esa tranquilidad, ese sosiego, esa buena y rotunda presencia, la cual te hace confiarte y sentirte a gusto en un lugar demasiado pequeño, demasiado estrecho, demasiado alejado del suelo, para serlo. Esa es la reacción particular de verlas allí, como un collage sobre el fondo de la ciudad, ese grupo de cemento, metal, cristal, de carne y hueso que se apelotona en la distancia, a la vez tan cerca y tan lejos.

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