viernes, 27 de abril de 2012

CANDADOS.



No recuerdo ninguna ciudad europea, de la que he visitado en los últimos años sin ellos, me explico, tienen que darse ciertos matices claro. Una ciudad importante y muy visitada, un río con caudal más o menos importante, un río con nombre importante, y un puente céntrico, no importa el material con el que esté construido, solo que tenga algún saliente o algún diseño, en el que estos polizones de metal puedan agarrase, como lapas al casco de un barco mercante.

En París, existen varios de ellos, tal vez más de los que yo tengo contados, censados, pues si una cosa abunda en esta ciudad, además de los turistas, son los puentes. Abundan los candados del amor en la parte trasera de Notre Dame, en el Puente del Archiduque, pero donde sobre salen en mayoría es en el Puente de Las Artes. Incluso los quioscos de libreros los venden, a precio elevado. El que algo quiere algo le cuesta, y viajero prevenido vale por dos, y lleva el doble de equipaje, ya saben, el refranero castellano.

Es un sitio curioso, entrada o salida del Museo del Louvre y del Instituto de Francia, con el Gran Palacio a estribor y la catedral de París babor. Puente peatonal, de madera y de metal, donde los seguidores de un escritor italiano, un tanto ñoño, o tal vez simplemente juvenil, lo pusieron de moda. Otros sin más, sin conocer el por qué, los colocan allí, sin más.

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