sábado, 28 de enero de 2012

MURAT.


Iba para posadero cristianón, o para cura tabernero, pero en cambio conoció la armada, se fue a servir a su rey, que luego cambio por Napoleón, héroe francés en Egipto. Golpista del Imperio, sádico por vocación. Comandante gabacho en la entrada de Madrid, tanto se le atragantó el dos de mayo, que se sacio de sangre, misma sangre de la que se saciaron los manolos y las fulanas en las calles de Lavapiés.

El más espabilado de los acogidos bajo el pequeño manto Imperial, pequeño en estatura, que no en anchura, casi toda Europa, casi todo el mundo, pero solo un metro sesenta, gracias a su actuación, estuvieron a punto de cortárle la cabeza a Fernando el séptimo, pero ni eso hizo bien para España.

Cuñado del más bajito de los emperadores, noble del más grande de los Imperios franceses, duque de Erg, mariscal de Francia y rey de Nápoles, casi nada, casi todo. Triunfante de su época, y de la nuestra, los libros de historia recogen su nombre. Fusilado con su uniforme de Mariscal francés y sin saber porque se fue al muro anónimo, casi tanto como la tumba donde descansa en segunda fila de pasillo principal en Père Lachaise.




No hay comentarios:

Publicar un comentario