miércoles, 25 de enero de 2012

CÚPULAS.


Solo hay que asomarse, sacar la cabeza por alguna ventana del último piso de la ciudad, acercarse al Trocadero a cualquier hora del día, de la noche, subir a la parte alta de Montmartre, sentarte en el césped del Sagrado Corazón para contemplarlas, para observarlas y hacerla tuyas, grabarlas en tus pupilas por el resto de tus tiempos.

No se las que hay, no conozco su número. Panteón, Sacre Couer, Asamblea Nacional, tantas y tantas, semiesferas, circunferencias quebradas por la mitad, por los tres cuartos. Adornadas, rusticas, doradas, gustos y gastos como en todo, como en nada.

Desde algunos lugares, como la torre Montparnasse, incluso, puedes observar un día claro, la de la catedral de Saint-Dennis, tras una bruma de años, almas y esperanzas. Fotografías, grabados, dibujos en pastel, pinturas en óleo. Paseos, por la ciudad, por el Sena, allí las encontrarás en todos los formatos, en todos los soportes, y levantando la vista del suelo, las tendrás solo para ti, en carne y piedra, en metal y hueso.



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