sábado, 17 de diciembre de 2011

NOTRE DAME.



Ni tan joven, ni tan vieja, la catedral de la Isla de la Ciudad, la catedral del resto de la ciudad, la catedral de los parisinos y de los que se fotografían en su interior, en su exterior, en su lado derecho y en su lado izquierdo, de los que paseamos a su alrededor pensando en la novela de Hugo, en su fantasiosa mente, en su fantástica pluma.

Imaginando los antiguos carruajes por sus cercanías, mientras los canteros se afanaban en la isla, para dar esbeltez y elegancia a sus paredes, a sus arbotantes, a sus pináculos y calar bien su aguja, para concretar las medidas, para llevar a cabo la construcción de sus vidrieras, las esculturas de sus puertas, sus pétreos cimientos.

Paseo a tu alrededor y pienso en eso, en la gente que trabajó allí durante toda su vida, con ilusión, porque además de ser un trabajo, no se debería nunca olvidar su labor de fe, nadie hacía o colaboraba en hacer una catedral si no era por fe, por estar más cerca de lo que los poderosos que costeaban las obras, llamaban el creador. Hoy te miro y miro enrrededor, donde los turistas te fotografían, simplemente sin sacarte el jugo, sin contemplar tu historia.

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